Encontrar el compañero ideal… por Facebook.

-Lectura de 7min-

 

Antes de empezar a viajar sola ya experimentaba uno de mis mayores miedos. Todos me decían “no te preocupes, nunca estas sola, siempre encontrás a alguien”, y es que al contrario de todo el mundo que teme a estar solo, a mi me aterraba tener que pasar tiempo con otra persona.

Nunca entendí ese sistema, ¿camino, de la nada me pongo a hablar con alguien, cambio mi rumbo y me uno al itinerario de un desconocido? ¿Y si no comparte mi presupuesto? ¿Y si no tenemos los mismos gustos? ¿Y sí gasto la poca plata que tengo en un plan que no me interesa? ¿Y SI ES UN TORTURADOR Y NO LO SÉ? Yo prefiero viajar sola.

A la vuelta de Herrang Dance Camp compartí un viaje en tren con Agus, un chico argentino que concocí allá que por casualidad, iba también para Estocolmo. Llegamos muy temprano y me preguntó si quería desayunar en Mc Donalds o en Max (Mc Donalds sueco). Un comentario muy estúpido, pero de gran influencia: por primera vez estaba consultando una decisión con otro viajero.

Hablamos de nuestros proyectos y nuestra vida, cosa que no habíamos tenido la oportunidad de hacer antes y nos dimos cuenta que teníamos mucho en común. Sí, como con muchas otras personas, compartí un mes con él, y recién lo conocí la ultima hora antes de despedirnos. Primer aprendizaje.

Suena muy bobo, pero el hecho de que hayamos decidido entre los dos qué hacer, me generó cierta nostalgia (¿se puede sentir nostalgia por algo no sucedido aún?), una sensación de vacío, como de desperdicio, algo me estaba faltando… Fue el motor de la gran aventura.

Encontré un grupo en Facebook de “Europa para mochileros” y dejé una consigna simple:

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Recibí un inbox de una chica con una calavera de foto de perfil y un chico argentino, casi sin fotos, pero que en las que aparecía, no parecía sicario. A los minutos estaba hablando con Nacho por Whatsapp. Pasó el examen:

  • Casi sin fotos en fb: no careteaba su viaje;
  • Le gustaba la música: ALGO ibamos a tener de que hablar;
  • No se sacaba selfies: no hace falta explicación.

Esta petición no intencional a la vida fue respondida sometiéndome a una convivencia 24×7 con una persona real detrás del teclado de un Samsung. No recuerdo haber pasado tanto tiempo con alguien desde mis primeros nueve meses de vida y aun así jamás me fue tan fácil convertir las horas en días, los días en semanas… las semanas en meses. De saber la intensidad de los días venideros, me hubiese replanteado aceptar su compañía con tal de no tener que despedirme. Conocer a una persona y llevarte bien es una cosa, pero entrar mucho en confianza con alguien y saber a priori que no va a ser más que una etapa con fecha de caducidad, es otro mambo. ¡Que crueldad la del ser humano que sabiendo el final de la historia, aun así asume la responsabilidad de aceptar el ingreso fugaz de estas personas en su vida!

En Ibiza surgió la posibilidad de recorrer Marruecos con una chica de Brasil que había conocido ahí, o finalmente encontrarme con este tal Nacho, a ver que pasaba. Nunca fui muy amiga de los planes y lo desconocido me aterraba bastante, pero basé mi decisión en algo muy boludo: “siempre me llevé mejor con los varones, y son menos vuelteros”.

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Los planes se fueron ajustando y cambiando el punto de encuentro en el mapa, así fue como recién bajada de un barco en Croacia, finalmente lo vi llegar con su camisita cuadrillé, la misma que vestiría todos los días. Recuerdo poner atención a su forma pacífica de hablar: con mi hiperactividad no nos íbamos a llevar muy bien. Lo primero que me sorprendió fue que no se hiciera el banana conmigo (desargentinizando, que no intentara “conquistarme”), conducta esperable de un pibe que está viajando solo hace un mes por Europa y piensa compartir literalmente 24hs durante 15 días con una chica a la cual seguramente, no vuelva a ver. Pero Nacho estaba en otra (o yo estaba muy hecha mierda), fue el equivalente a esa compra en el barrio chino, que no le das dos mangos y te sale buena.

Las aventuras comenzaron desde el día cero tratando de pedir “agua caliente para el mate”, nosotros sin saber decir agua caliente, los croatas sin saber lo que era un mate; llegar a última hora del día, con lluvia, sin tener donde dormir y terminar en el piso de Tomi, un chico que conocimos esa misma noche en una reunión de Couchsurfing; al día siguiente dormir en la playa, por falta de alojamiento de nuevo, y al día siguiente, y al siguiente del siguiente y un largo etcétera. Cada día que pasaba y cada situación a la que nos enfrentábamos generaba más complicidad y nos ayudaba a poner el sentido del humor como bandera oficial. No recuerdo JAMÁS haberme reído tanto con alguien por cosas tan banales ni haber escuchado tantas veces “¿y ahora de qué te reís?”.

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Conocer a Nacho cambió mi rumbo de viaje (mejor dicho, me dio un rumbo) con la misma intensidad con que cambió mi visión del mundo. Terminé pisando países que poco llamaban mi atención como Albania (el país más pobre de Europa) o Georgia, que ni siquiera sabía que era un país. Me dio la oportunidad de hacer el tipo de viaje que siempre quise hacer pero nunca me iba a animar a invertir un peso porque según Carolina, no lo valía. ¿Por qué invertir plata y tiempo en lugares que como me dijo una amiga “la gente no recorre por placer”?

 Mi forma de pensar mutó de “quiero conocer las capitales más importantes del mundo” a “quiero meterme en el barrio más pobre y menos conocido de un país del que apenas recuerdo el nombre”, porque ahora el viaje traspasaba la mera idea de sacarme una foto con la torre Eiffel y mandarsela a mí mamá (de hecho me olvidé de sacarme una en París, cosa que nunca me perdonó). El objetivo ya no era recolectar fotitos alrededor del mundo o comentar “no sabés que lindo que es el Coliseo”, sino reconocerme incómoda ante la perfección Europea, poder tener una mirada más abarcativa, desmitificar ese paraíso que nos pintan los medios (y las agencias de viajes), conocer la historia de las personas que viven y hacen al lugar.

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Y la búsqueda siempre era increíble… porque estaba con él.
Cada vez que aterrizabamos en un país que lejos estaba del primer mundo, sin saber donde dormir, sin hablar el idioma y él se paraba en el medio de la vereda, suspirando y diciendo: “como me gusta esto”, yo no podía creer que me reconociera afirmando lo mismo. Y de verdad disfrutaba muchísimo estar ahí… porque estaba con él.
Podíamos tener el día más tenso de todos, haber gastado decenas de euros extra no planeados, pagar el triple por medio kilo de calamares, perder el celular en un camión y tener que alquilar un auto para perseguirlo bajo la lluvia y aún así… estaba con él.

Nacho fue una escena sencilla que jamás me voy a cansar de recordar.

“Te miro así porque tenés todo lo que me gusta en una persona, ¡y aún así no me gustás!” le dije. Y es que en un escenario que suena como una gran historia de amor, Nacho, más que el amor de mi vida, se convirtió en mi hermano. Esa persona a la cual le podía contar absolutamente todo (después de tanta convivencia y tantos cafés instantáneos no me quedaba otra), desde mi dolor de ovarios hasta mis proyectos frustrados, y él siempre me iba a escuchar, o hacerse el que me escuchaba, y a mí me bastaba. Logré empatizar con una persona que por el tiempo que llevábamos juntos, ni podía llamar “amigo”, pero sentía que conocía de años. No valía la pena someterlo al proceso de la etiqueta, era simplemente un indefinido vínculo el que nos unía, un pedacito de utopía.

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Su sencillez contrastaba con mi ego haciendo que cada día se volviera una caja de sorpresas. Sin que él se diera cuenta, para mí, observarlo cada día solo era cuestión de tiempo antes de ver que cosa nueva tenía para enseñarme. No podía quitarle a la vida la posibilidad de que me regale más situaciones como las que estaba viviendo. No en ese momento.

Pasar el rato en la ruta

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Tanto fue así que luego de separarnos para que cada uno siguiera finalmente su rumbo como habíamos acordado, después de quince días yo decido volver para recorrer juntos Turquía. Y fue una gran decisión, porque las bizarreadas crecieron exponencialmente, y junto con cada situación, un nuevo aprendizaje.

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Pasados dos meses nuestros objetivos de viaje ya no coincideron: yo quería recorrer Centroamérica, él quería volver a Argentina. Así fue como hicimos dedo por última vez juntos camino a Hungría, de todos los autos que nos levantaron en esos meses, el único que siempre voy a recordar: bastante baqueteado, de un naranja despintado y con olor a aserrín, manejado por un hombre con campera militar. Nacho se sentó adelante, yo atrás. Atravesamos la mitad de la ruta juntos, yo me debía bajar para desviarme rumbo a Budapest. El paisaje no era más que una sucesión de formas inconexas, porque mi mirada estaba tendida hacia la nada, pensando en la nada, o en todo, que había sido tanto que por más que quisiese mi cabeza no iba a llegar a abarcar; una mezcla de llanto, recuerdos, miedos, felicidad, incertidumbre, paz. Todo lo que pasó fue real, y ahora estaba concluyendo. Apoyé la frente contra el cabezal del asiento, pero no quería llorar. Que intenso todo. Fueron quince días transformados en dos meses de desafiar límites internos, de superar miedos, de sentir por primera vez en todo el viaje el apoyo y la compañía de alguien, de redescubrirme, de reir, viajar, aprender, compartir, vivir. Vivir más que nunca. Sentir la vida palpitar adentro del cuerpo.

Le dije chau, lo abracé con mucha fuerza, se me cayó una lágrima, y el conductor que no entendía nada de lo que pasaba, mediante señas algo logró entender, y al irse clavó un bocinazo de 15 segundos. Me quedé sentada al costado en la autopista, sintiendo a pesar del frío, el calor del piso, llorando. Feliz, realizada, triste a la vez. No sabía si lo volvería a ver, y sabía que si lo hacía, el contexto sería totalmente diferente. Estaba terminando una etapa que había aceptado voluntariamente atravesar, y que elegiría vivir mil veces de nuevo.

“Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, de siete mil millones de personas en el mundo, de cuarenta millones en mi país, de entre cinco continentes, 365 días, de las infinitas combinaciones de tiempo, ganas y espacio, apareció, me regaló uno de los momentos más felices de mi vida, y se fue. Acertada coincidencia o manipuación de las moiras, fue un encuentro surgido de la necesidad de encontrar y ser encontrado, de erradicar esa sensación de incompletitud, callo en el pulmón, nido de elefantes en la garganta. Un vínculo fugaz que no buscó permanencia y me niego a llamar casual, una película que va quedar por siempre en mi cabeza y que pienso reproducir cada vez que quiera saber que tan feliz puedo llegar a ser.

Quiero escucharte