El fuego creativo

Hace un tiempo leí una frase que me partió (literalmente, porque cuando la venía leyendo me doblé el tobillo).

La vida del artista necesariamente debe estar llena de conflictos, porque dentro de sí lleva dos fuerzas enfrentadas: por un lado el simple deseo humano de felicidad, satisfacción y seguridad en la vida, y por el otro una pasión despiadada que puede llegar al punto de pasar por encima de todos los deseos personales. 
Casi no hay excepciones a la regla de que una persona debe pagar muy caro por el don del fuego creativo.

-Carl Jung

Jung, get out of my head! Mi cerebro siempre fue un signo de pregunta. ¿Qué CARAJO hacer? Más de una vez me planteé la idea de que yo sentía las cosas mucho más intensas que el resto. Siempre me sentí bastante boluda por eso (“esas cosas se reprimen, no se cuentan abiertamente”). Sentía que cuando algo me lastimaba, la imagen más comparable era la de ese pez que sacaban del agua; que cuando algo me hacía feliz, un orgasmo se quedaba corto; que cuando veía un atardecer, por dentro me sentía como en esta escena de “Al diablo con el diablo”:

Nunca me sentí “especial”, pero si diferente. Que las cosas que me pasaban a mí no le pasaban a todos, que esos “pop-up” en mi cabeza, uno atrás de otro, sin descanso, no eran algo del promedio. Y lo comprobaba cada vez que hablaba con mis amigos, cuando escuchaba respuestas como “tan temprando y ya arrancás con la filosofada…”, “sos igual a todos Carito, no jodas”o  “sí está bueno el paisaje, pero bueno, ya”.

La visión enroscada del mundo, las preguntas constantes, la necesidad de saber todo, todo el tiempo y no cansarme de probar, pero a la vez no confiar en todo eso que sé, en lo que hago. Una mezcla de presión social por hacer “lo correcto”, buscar seguridad económica, no querer repetir la “falta de” que muchas veces me hubiese gustado saltear de mi infancia, y al segundo encontrarme llorando al darme cuenta que no necesito más que esto, esos momentos en que bailo es suficiente, esa fuerza interna que te dice “ya fue todo, vos hacé”. ¿Hedonismo encubierto?

Siempre fui muy tímida (aunque usted no lo crea) y hablar con extraños era un desafío constante. Superar esa etapa de mi vida fue una de las mejores cosas que me podrían haber pasado, porque desde que me abrí al mundo y seguí ese flow intuitivo no me dejaron de pasar cosas increibles. Así fue como un día, hablando con una escultora en San Telmo, salió esta pregunta de su boca:“¿No sentís una gran dicha de ser uno de los pocos que podemos sentir esto?… ¡Es un flash!”

Wa, y yo que pensé que estaba sola. Porque eso era, un flash, casi mágico. La señora se parecía a la vieja de los gatos de los Simpsons y sin embargo sin concoerme me hablaba de algo que yo siempre sentí: el fuego creativo… esas ganas de, como dice Magalí Tajes “QUE ARDA LA VIDA”.  No es algo tangible, no es algo que puedas ver y procesar. Simplemente pasa. Algo adentro se activa, no sabes que es, y se boceta a modo de sonrisa. Como si la sonrisa fuera ese vehículo por el cual liberás el nido de elefantes que guardas en la garganta. Lo contás y quedas como un pelotudo, pero si no lo compartís… te consume por dentro.

Por eso considero que el artista es un ser aparte, alguien que no llamaría “especial”, pero sí muy particular, diferente. Alguien que siente cosas que no toda la gente siente. Literalmente, físicamente. Que percibe diferente, piensa diferente, tiene otro proceso de analisis, como si viviera en otra frecuencia y las cosas le afectaran distinto. Alguien que tiene la opción de optar por una vida segura, pero sabe que la presión mental de no estar haciendo LO SUYO, lo consumiría.

Connection

Pero ¿adiviná qué, Jung?: hoy podemos tener ambos. Sí. Hoy no es ESA CARRERA O NADA, ser feliz o tener estabilidad. Hoy tenemos los medios y la creatividad de nuestro lado para hacer que funcione y entendí -a la fuerza- que el 100% de los logros se basan en confiar. Confiar en el proceso, en lo que hacés y en cómo lo hacés. En obsesionarte con esa cosa a tal punto de hacerlo como nadie lo haría. De aprender, trabajar, trabajar, trabajar, estudiar, y moldearlo. De no parar de crear, crear, crear, y seguir confiando. Suena mágico y medio hippie, pero es. Solo hay que buscarle la vuelta, porque un objetivo sin trabajo, no es más que un deseo.

Tener algo que te apasiona, que no te deja dormir y te hace feliz. Hay quienes se pasan toda la vida buscando saber qué les gusta hacer. Sí tenés esto, estoy segura de que por más que lo bloquees y busques mil alternativas, casi que apostaría que naciste sabiendolo. ¿Cómo enojarte por saber lo que querés en vez de trabajar para maximizar esa ventaja? ¿Hoy en día? ¿Enserio? ¿Hoy que tenés todas las herramientas, comunicación, crowdsourcing, y ganas de tu lado? Yo no me lo permito.

Y digo esto con total humildad, no me siento un ejemplo de realización personal (todavía), pero sí un ejemplo de búsqueda e inconformismo. ¡Hay que pagar por el fuego creativo, hacerse cargo de lo que nos fue dado, carajo!

Exponerme me hace más vulnerable, y esa es una de mis metas este año: no temer al prejuicio. Puedo carecer de muchas cosas, incluso que mis defectos sean más que mis virtudes, pero sí tengo plena confianza en que la vida es eso que pasa mientras estoy bailando, y no cuando dejo de hacerlo.

Quiero escucharte