Mi primer GRAN miedo: hacer dedo… en Ibiza

Ibiza fue un lugar mágico para mí. No solo porque aprendí MUCHÍSIMO en muy poco tiempo, sino porque vencí muchos miedo juntos y me animé a hacer cosas que pensé que no estaban en mi lista de posibilidades. Desde boludeces como hablar con desconocidos, manguear trabajo o comida, armar un emprendimiento para sobrevivir, hasta dormir en la calle o apreder idiomas.

En mi mente la imagen de la isla era el lugar del sexo, drogas, alcohol y excesos y terminé conociendo playas calmas e INCREIBLES, gente con un ritmo de vida muy tranquilo (y bueno, un poquito de todo lo anterior también para que negarlo, ja).

Caí a Ibiza literalmente con nada más que mi mochila y mi sonrisa. Una joda bárbara. Apenas bajé del avión me quedé un día entero en el aeropuerto porque me daba miedo salir a la calle. El bondi costaba como 4€ (unos 80$ARS), y siendo sinceros… ¿dónde iba a ir? Nunca pisé un hostel, no estaba tan canchera con Couchsurfing, estaba sola… ¿y si no conseguía nada? Me quedé todo el día en el aeropuerto (literalmente todo el día), usando la app de Couchsurfing a ver si alguien más estaba solo, o alguien me podía dar una mano con un colchón: NADA.

Al segundo día amaneciendo entre aviones, me empuje a mí misma a salir del lugar. Pagué el bendito bondi y busqué Wifi en un restaurante donde la conversación con el dueño se dio mas o menos así:

Pero, ¿sabes que está todo reservadísimo en la isla, no?

-Sí, sí.

-Y que todos los hostels/hoteles van de 70€ para arriba, ¿no?

-Eh… sí…

-¿Y vos querés trabajar supuestamente?

-Sí, es mi idea porque no tengo mucha plata (inserte cara de vivo con 6€ por día y me acabo de gastar 4€ en el bondi)

-Pero… ¿tenés papeles?

-No…

-Ah… (sonrisita macabra), bueno si querés te podés quedar en este sillón por esta noche, y mañana buscas algo… o te volvés en avión jajaja.

Acepté la oferta y me fui a recorrer el lugar “a ver que pasaba”. No solo no conseguí nada, sino que me di cuenta que no podía pagar ni un Mc Donald’s.

Al día siguiente agarré mis cosas, le agradecí al dueño del restaurante y me fui con la mochilota a la playa, donde dormí el segundo día y conocí a un rastafari malabarista de La Plata, Argentina, del cual me desperté asustada 5am porque pensé que me venía a robar (solo quería fuego para el faso). El muchacho chongueaba con una brasilera que decía que sabía español pero hablaba peor que Anamá Ferreyra. Vivían en un local okupa, sin agua ni luz, el cual cerraban con una cadena de bici hace tres años, felices, porque todos los días veían el mediterráneo. Se bañaban en el mar, se lavaban los dientes en el Mc Donald’s, todo muy normal y con una visión de la vida muy hippie y cómica. Me hopedé en su morada okupa durante tres días de mucho vino y humedad en las paredes. Una combinación explosiva que era sin duda mejor que dormir en la playa.

Al cuarto día y después de dar mucha lástima, enganché un laburo vendiendo entradas para los boliches donde me quedaba una comisión de 10€ por entrada vendida (¡más de lo que gastaba en un día!), ya está, soy millo, yo invito chicos. Me mudé al depto donde convivían todos los vendedores de la empresa y viví durante dos semanas en lo que nosotros autodenominabamos “La fabella”: un rejunte de personas de todo el mundo (dos de ellos me convencieron para ir a México unos meses después), donde las historias más incoherentes y depravadas eran motivo de risa y cosa de todos los días (demasiado contenido, debo censurarlas para el público jaja).

Ibiza

Vista desde “La fabella”, JA.

 

Con el correr de los días me fui asentando, haciendo contactos y consiguiendo trabajos varios como bailar en boliches (ni más ni menos que los más grandes del mundo) o a la gorra en la calle, vender mojitos en la playa, vender entradas para los boliches, fiestas en barcos, o hasta limpiar  los barcos (con un humilde sueldo de 80€ x día, nada mal), cualquier cosa con la que pudiera juntar dinero era bienvenida, sumada a la vista increible, el rejunte de idiomas y la buena onda excesiva de todos. Fiesta asegurada literalmente 24hs.

Sin embargo, había algo que todavía no podía vencer y sabía que tenía que hacerlo si quería continuar de viaje: hacer dedo, auto-stop, hitchhickear para moverme. Pero… ¿por donde empezar? ¿Cómo se donde pararme? ¿Y que pasa si me paso? ¿Y si nadie me levanta y se hace de noche? Sin duda las excusas eran más que las ganas, por eso digo que lo hice casi sin buscarlo, no estaba en mis planes (nada estaba en mis planes, de hecho) y fue más por una necesidad que porque realmente me copara la idea de subirme al auto de un X. Miedo.

Todavía puedo verme como un dron volando por encima, parada en Ibiza, al costado de la ruta con un incipiente pulgar asomando por el costado de mi pierna derecha. ¡Qué verguenza hacer esto!

Lo primero que me dije fue: es este el momento, Ibiza es una isla chica, las distancias son cortas, el bondi es carísimo y te estás perdindo de ver toda la parte del norte de la isla… ¿realmente no vas a ir hasta allá? Escuchaba historias de mis compañeras de cuarto que contaban que habían hecho dedo hasta San Antonio que quedaba en la otra punta, así como si nada y yo que era la “viajera” no podía superar ese miedo. ¿POR QUÉ  A MÍ?

Fui varias veces innecesariamente a la rotonda principal dispuesta a que me levantaran, todas las veces fracasando como viajera hasta que un día me pagué un bondi hasta una de las playas en el lado opuesto de la isla “Cala Conta“: un paraíso. La pasé tan bien sola que decidí quedarme a ver el atardecer, motivo por el cual era conocido ese punto estratégico. El ultimo bondi de vuelta salía 10min después de terminada la puesta de sol, como todos los días.

Ibiza

Atardecer en Cala Conta

Mientras observaba ese momento único vi un muchacho muy bien posicionado adelante mío para una foto, de espaldas. Aproveché el momento y se la tomé. Sabía que guardarmela para mí hubiese sido una picardía, pero no me animaba a hablar con nadie todavía. Junte fuerzas y con mucha verguenza le dije algo así como “me podes agradecer por esto”, mostrandole la foto (¡me hacía la capa y estaba más cagada que la mierda!). Ese gesto derivó en una conversación muy interesante, una futura birra y salidas días posteriores en un super auto descapotable (super canchero como careta, pero muuuuy divertido) con mi nuevo amiguito artista de Barcelona y sus tres colegas.

Todo muy lindo si no fuera porque esa misma noche terminada la(s) birra(s) en un restaurante pegado a la playa (yo confiadísima de que me tiraban en auto), me anuncian que habían ido en moto, y que era una pena pero no me podían alcanzar. Me puse pálida. Eran las 11pm y estaba a una hora en bondi sumado a un pequeño detalle: ya no había bondis hasta el otro día 9am. ¿Y AHORA QUE HAGO? Me hice la que no pasaba nada, todo bien, JA-JA-JA (inserte panick attack) y una vez que se fueron sabía que no me quedaba otra: voy a tener que hacer dedo.

En el medio de la negrura empecé a caminar por la unica calle que conducía a la ruta desde la playa, donde todavía quedaban algunos autos que estaban en el mismo bar que nosotros. Senti una mezcla de risa, aventura, y miedo. Me hablaba sola y me hacía chistes a mí misma:

“Ay, Caro, no te preocupes, dormís en la playa… JA…JA…¿JA?”

Mucho llorisqueo al pedo porque ni tres minutos después me estaban levantando dos alemanes que no iban para mi lado pero me tiraron igual (esas cosas que solo pasan en Ibiza). Hablamos como pudimos sobre ya ni sé que bizarreada, e incluso me pagaron para sacar unas fotos una semana después una fiesta en la casa que alquilaba uno de ellos, donde asistieron más de 100 personas. Ese día fue el momento clave de la superación personal.

Llegué a “La Fabella” con una sonrisa de oreja a oreja, lista para salir a darmela en la pera (como todas las noches en la isla), o bah… más bien para hacerme un cafecito y escribir las cinco páginas que escribí en mi cuaderno de viaje sobre lo bien que me sentía conmigo misma. La sensación de sacarte esa piedrita del zapato SI tiene explicación esta vez:

 lo que te da miedo, te libera.

Y me asombra que para cada persona pueda ser tan diferente. Que el concepto que yo tengo de miedo no sea el mismo que el que está sentado al lado mio, que la subjetividad se morfe por completo el asunto pero que nos sea para todos igual de difícil salir de la caja.

No sé si fue ese lugar, ese atardecer, saber que estaba sola o que no me quede otra, pero sí se que fue pura y exclusivamente dentro de mi cabeza, como todo lo que te ata.

A partir de ahí ni imaginaba todo lo que vendría. Auto stop, barco stop, recorrer toda la  costa italiana o cruzar de Europa a Asia a dedo; dormir en camiones, autos, barcos, bicis, fiestas, paseos, amigos, amores, historias, danza, fotos, lágrimas, felicidad. Mucha felicidad. No sé tampoco cuantas cosas me hubiese perdido si no hubiese ahorrado todo lo que ahorré en traslados, cuantos países no hubiese conocido, o cuantas historias no me hubiesen afectado, pero el simple hecho de saber que es algo que no conozco, a partir de ese momento es motivo suficiente para decir SI, e intentarlo.

 

 

2 Replies to “Mi primer GRAN miedo: hacer dedo… en Ibiza”

  1. ¡Wow, qué historia la tuya!

    Solo una acotación, la foto de la puesta de sol es en Benirras, al norte de la isla.
    Saludos desde Ibiza

    1. Hola Natalia!

      Sí! Una experiencia increible. Espero poder volver el año que viene.

      Saludos y disfrutá la isla!

Quiero escucharte