De la calle

-Lectura de 5min-

Se suspendió la filmación por corte de luz. Salí más temprano y me dirgí a la parada del 53, que me abandonó a pesar de que le metí pulmón al asunto. Más que la fiaca de saber que se habían ido dos bondis juntos, una ola de miedo me invadió cuando los vi ahí sentados: un tipo de los que limpian los vidrios en los semáforos y una señora rusa con un español parecido al de Anamá Ferreyra, fumando y chupando cerveza. No sé si tuve “miedo”, pero si esa sensación de incomodidad muy de Argentina, la de la incertidumbre de tu propia seguridad. (Y me chupa un huevo lo que digan, yo la siento y es suficiente parámetro☝️)

Como siempre en estas situaciones, en un segundo se me cruzaron veintinueve opciones diferentes. ¿Me cambio de parada? ¿Camino lento? ¿Corro? ¿Finjo que está todo bien? ¿Miro al piso? ¿Sonrío? ¿Me pongo la capucha?

En cuanto noté el acento de la rusa, esbocé una sonrisa y uno de los dos flacos me dijo que tenía lindos ojos. Me preguntó mi nombre, el cual dije que era Josefina (no sé por qué me salió eso), cuando yo quise saber el suyo me miró de arriba a abajo y dudó en decírmelo. Deberíamos jugar para el mismo equipo, el de los humanos, pero aun así los dos usamos la misma estrategia de la desconfianza para comunicamos. Finalmente también accedió. Él era “Juan”.

Empezó el modo esponja.

Quizo saber de dónde era y le devolví la pregunta.

-De la calle -me dijo. Pero me lo dijo sonriendo, como si fuese su carta de presentación.

Me salió decirle “wow” aunque no creo que haya sido lo más apropiado. Percibí cierta empatía y tratando de contenerme para que no se sintiera zarpado, traté de hacerle las mil preguntas básicas: pero ¿dónde dormís?, pero ¿y en invierno?, ¿y dónde te bañas?, ¿qué hacés todo el día? Y noté que todas las respuestas venían acompañadas de una sonrisa de orgullo y no entendía por qué. Y ahí tiré la primer pregunta más rubia que se me vino a la cabeza; una pregunta cliché de la que esperaba una respuesta cliché, claramente.

-¿No querrías vivir de otra manera?

(Carolina, como periodista te cagás de hambre y como morocha también. ¿Vos sos boluda? ¿Qué pregunta pelotuda acabas de hacer?)

-Kiiii, yo ni loco cambio mi vida, amiga!

Vino el 53. El primero de 10, porque supe que debía quedarme a escuchar más de esa respuesta. Uno de mis temas favoritos, aprender de la diversidad. Lo primero que pensé fue: “esto tengo que filmarlo”, pero ¿cómo sin que mal flasharan?

Entre medio de un intercambio de preguntas con respuestas cada vez más sorprendentes apareció Marcelo, un amigo de él. Como quien se acerca a un grupo de personas con un vaso de birra en una previa, él se apareció con una botella de Brahma y una sonrisa que claramente no era porteña. Apenas escuchó mi pregunta abrió los ojos y me miró fijo. De golpe me convertí en la entrevistada.

-Y vos ¿para qué querés saber todo esto? – preguntó Marcelo.

-Porque me gusta saber de la vida de otras personas y la suya me parece una locura.

-Io soy de Mendoza. Y con respeto amiga, te voy a contar esto porque me miraste a los ojos (PUM! directo al cora). Vivo en la calle desde los 8 años, mis papás me abandonaron en una plaza, nunca los conocí. Si no vendía los productos de los mayoristas me pegaban o me violaban. Pero io siempre conservé mi dignidad. Tengo siete balazos en el cuerpo y uno en la cabeza –“yo fui chorro y maté a dos giles” acotaba Juan en el fondo mientras mangueaba puchos por la vereda- Dios quiere que io esté vivo. Y acá es muy sencillo: ganas 300 pesos, vas a comprar base, ganas 1000 pesos vas a comprar base, ganes lo que ganes, siempre. ¿Ves esta cerveza? Io la estoy tomando, pero no dejo que ella me tome a mí. Pero la droga es una mierda amiga porque… (suspira) no tenés control. Y en la calle lo primero que aprendes es a tener control. A defenderte, porque si no… cagaste. Pero te da libertad. Y eso es lo que nos gusta. Io vi muchas cosas feas en mi vida, pero que no te podes imaginar. Ufff… si io te las contara amiga…

-Contamelas. Dejame filmarte.

-Nuuu, es que es muy largo. Io no soy como este gil -señalando a Juan que seguía chamullando por cigarrillos-

Lo vi a Juan corriendo por la vereda y en un segundo me convertí en una piba más de la calle, y lejos de decirlo con aires de burguesa, casi que pude por un segundo sentirlo todo.  La indiferencia cada vez que él se acercaba a alguien, la mirada despectiva, el miedo de la gente, una situación de mierda para ambos ¿generada por qué? Uno sintiéndose rechazado, el otro temiendo al choreo. Y me dije a mi misma “Esa soy yo. Así reaccionamos.”

-¿No les da paja eso? ¿Que la gente reaccione así?

-Na… estamos acostumbrados, aparte este gil va siempre sin respeto, a la gente hay que tratarla bien, sino ¿cómo querés que te traten? Por eso io te digo vos querés hablar, io te cuento. Venite un día que esté más rescatado y filmá, todo eso, lo que vos quieras. Pero que vas a hacer con todo esto amiga, porque… nosotros estamos cerca de la comisaría, ahí en la ranchada, y no confiamos en nadie.

-Seeee, ¿nosotros que ganamos con todo esto? ¿Cuánta hay? -acompañado con un gesto que refriega el dedo gordo contra el índice- porque con mi historia te llenas de guita, eh!

Lo miré a los ojos a Marcelo, el mendocino, que era el que me parecía más confiable. Y lo supe apenas vi sus ojos llenarse de lágrimas cuando me hablaba de su mamá. Y le contesté con mucha calma:

-Yo no vivo en la calle, es verdad. En la calle solo bailo. Bailo mucho. Bailo cosas. Y sé que para vos soy la rubiecita cheta, lo veo cuando me mirás. Pero dejé pasar diez bondis y me quedo acá escuchandote porque tenés una historia. Como yo tengo la mía. Mejor, peor, tenés algo para contar. Pero la gente se olvida de eso. No sabe que hay más historias que la propia. No saben que pueden valorar la que tienen o cambiarla y elegir otra. No quiero grabarte para que de golpe la gente se compadezca y te traiga morfi. No quiero grabarte porque me parece “copado” o para que sientan “pena” por vos. Todos tenemos mambos. Y si ya sé que, ¿de qué mambos te voy a hablar si dormís en el piso? Pero mientras vos compras droga el flaco que está ahí en frente tiene cáncer. Y la vida no es una competencia de a ver quien la pasa peor.  Y yo creo mucho en el cambio en uno para cambiar al resto. Solo quiero hacer eso. Cambiar. Algo. O nada. Quizás al mundo le chupe un huevo como siempre. Pero ahora siento que tengo que hacerlo y punto. Y ojalá me creas porque te estoy diciendo la verdad.

Después de un speech en el que flashe Martin Luther King, anoté su celu. Aceptó que lo invite a almorzar en la semana. Cuando saqué el mío se acercó Juan:

-Amiga, pero ese celular ni yo te lo puedo chorear.

No sé por qué justo me tocó salir antes y cruzarme con ellos. Me gusta creer que fue porque tenía que hacer algo con esto. No porque así sea, solo porque me gusta creerlo. Cuando conté por Whatsapp todo lo que aprendí a mi familia y amigos, las respuestas fueron variadas: “te van a chorear la cámara”, “no seas boluda, que podes llegar a aprender de esa gente“. Como si fuéramos otra raza. Como si yo hubiese nacido de un zapallo. Como si todos no tuvieramos algo para enseñar.

Me subí al bondi y sonreí por una experiencia más a la lista: hasta el que menos tiene reconoce que mi celular es inchoreable👍.

 

 

Soy Carolina Composto tengo 25 años, mi hermano tiene un retraso madurativo, mi mamá tuvo cáncer pero no se murió, nunca tuve novio, soy bailarina pero le tengo miedo al fracaso y aunque parezca una copada y que tengo muchos amigos me siento la mina más sola del mundo. Y vos, ¿quién sos?

6 Replies to “De la calle”

  1. Muy buena la narración de dos vidas que se cruzaron. Qué experiencia tan buena es derrumbar los muros que nos separan de lo que realmente nos une: el desafío de transitar en esta vida humana, única e irrepetible. Compartir la esencia de los q somos como raza humana cada uno desde lo que le toca vivir. Experiencia que nos nubla la indiferencia quiza por poco tiempo o quizá hasta logre hacerla desaparecer. Quién sabe… Pero nada es casualidad…todo tiene una razon de ser y suceder…

    1. Gracias Marian! Sí, coincido totalmente!

  2. Pequeñas personas, en pequeños lugares y con pequeños actos, logran cambiar el mundo. Vamos Carolina que somos cada vez más!

  3. Pasan los años y cada vez me gusta más leerte . Creo que deberíamos compartir un café como en los viejos tiempos y que me cuentes en persona todas estas locuras.
    Abrazo enorme!

    1. Jajaja como pasamos de la birra al café? Obviol, flaca, si vamos a filmar. Hacemos combo!

Quiero escucharte