Amigos del mundo

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“Quedate el tiempo que quieras, eh”; “Te irá a buscar mi hermano, no pagues hotel, te puedes quedar en nuestra casa”;
“Te doy las llaves y vos andá cuando necesites”; “Te paso a buscar por el aeropuerto y te llevo a recorrer la ciudad”; “No te conozco, pero esta banda te va a gustar”; “Yo no voy a estar, pero te dejo las llaves abajo de la maceta, amiga Argentina”;
“Carito, ¿cómo está tu pierna?”;
“Caro, tranqui, yo te presto mi equipo”;
“Si necesitas ayuda, llamalo de mi parte”.
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Así, como me lo anticipó Benedetti, este año conocí personas que fueron mejor que todas las imagenes que yo tenía de ellas.
Con los tiempos acortados entre país y país, yo parto en dos horas a Escocia, vos en tres a Lituania, si había una birra, tenía que ser ahora, si había una historia, tenía que ser ya. No hay tiempo para el histeriqueo ni pre-juicios, es lo que hay, es lo que ves, es lo que sentís o no es nada. Esa frugalidad transformó las miles de posibilidades de un encuentro en revelaciones metafísicas express, en empatía, en aceptación, en amistades tan fugaces como eternas. Y fue tan intenso el amor a ese combo, que me quise llevar un pedacito del todo a todas partes. Y supe que no podía. Y me desesperé. Pero igual amé, amé mucho, abracé ese instante como si fuese lo único que me atravesara, hueso por hueso, del meñique al alma. Porque esas personas existen dondequieran, pero más todavía existen donde yo las quiero.
Sonó otra versión de Let it Be cuando recordé que casualmente ayer me lesioné el aductor. Hoy me levanté muy enojada, triste, inerte. Pero también hoy, y como nunca, me tocó parar. Me tocó quedarme en casa, donde quiera que eso sea (y dónde quiera que ellos-sean). Porque mi cuerpo estaba contemplando el peso de la arboleda de Av. San Martin y Francia, pero mi mente allá, agradeciendo cada mirada, cada encuentro, valorando lo que hoy asumo que es la amistad: ese estar, cuando uno mismo no sabe muy bien por donde anda.

Quiero escucharte