Mi historia: cómo me decidí a viajar

Siempre que digo que mi viaje no fue buscado, se me ríen en la cara. Claro, un viaje tan “caro y de tanto tiempo” cómo no va a ser planificado. Pero es la realidad. Mis ganas de viajar venían acumuladas hace bastante, pero la plata nunca alcanzaba.

Mi vida pre-avión era un caos. Emocional. Mental. No tenía ganas ni de levantarme de la cama porque sabía que el rumbo que estaba tomando no tenía sentido, y un ser humano sin propósito, no tiene ganas de vivir, como dice mi querido Viktor Frankl (“El hombre en busca de sentido”, gran libro, léanlo). Entendía que con lo que estaba haciendo no iba a ningún lado, pero no hacía nada para cambiarlo… ¿cambiarlo por qué cosa?

Soy una persona que siempre se caracterizo por atraer situaciones bizarras. Y lo único que tenía en ese momento era una certeza, un presentimiento: como sea, yo tenía que ir a Nueva York porque sabía que algo me iba a pasar ahí. Ahora Carito, seamos realistas… no tenés trabajo fijo, una carrera a medias, vivís con tus papás ¿y querés hacerte un “viaje de placer” -como decía mi vieja para bajarme de la nube- a Nueva York? Sí. ¿Por qué? No lo sabía. Mis amigos se me cagaban de risa, pero cada vez que veía un libro con fotos de las escaleras de Brooklyn, me ponía a llorar, y no sabía por qué.

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Salió una oportunidad de audicionar para ir a trabajar a NYC. Era mi momento, y lo único que tenía que le diera sentido a mis días. USA era un país que sin saber por qué en ese momento (más tarde todas las piezas encajan, ya te vas a enterar por qué), siempre me había apasionado. Leíste bien, no “gustado”, dije “apasionado”, una capitalista pelotuda.

Para esa audición me preparé como nunca en mi vida. Entrené, trabajé, no me fui de vacaciones, no vi a mis amigos, si dijera que di mi 100% me quedo corta. Y gané. Gané una depresión que no me sacó de la cama por una semana, un lugar menos ocupado en el banco de la iglesia, unos cuantos kilos demás (la única que engorda cuando se deprime soy yo) y por supuesto, no quedé seleccionada. Mi mamá dice que nunca me vio llorando tanto en mi vida.

Ahora sí definitivamente no tenía más motivos ni para ir a la facultad, ni al trabajo, ni nada. Podía seguir el ritmo de vida vegetal que tenía, ir con la corriente, pero solo los peces muertos van con la corriente. Y yo me sentía viva. Más viva que nunca. 

Tenía tres opciones: podía usar mis ahorros para viajar a entrenar a USA por mi cuenta 15 días (y daaaale con que quería ir si o si); aplicar a la misma beca el año entrante; o anotarme en un programa de Work and travel para juntar un poco de plata, idea que me venía dando vueltas y nunca hice porque implicaba trabajar cuatro meses… y no entrenar. La ultima vez que no entrené por tanto tiempo creo que fue el periodo de gestación en la panza de mamá.

Fueron días de análisis, hacer cuentas y cuentas, era mucha plata para mí en ese momento, pedir prestado no era una opción, mi vieja no tenía un mango, y aun así, ¿cómo la devolvería?. 

En una de esas tantas charlas con mi amiga Clari, me dijo una frase que recuerdo casi a diario  cuando no sé que hacer y que fue un buen motor: No envidies mi vida, toma lo que no te gusta de la tuya y cambiala”. Así fue como empecé a moverme.

Lo primero que averigüé fue para anotarme en un Work and Travel a NYC, obviamente. Trabajaría, entrenaría, estaría en la ciudad de mis sueños. Pero no, por recomendación de mi amiga Mailen que me decía (inserte voz aguda de Mailen): “Cari, trabajar en un Wendy’s en NYC no es el espíritu del WAT. Anda a aprender Snowboard, llénate de paisajes nuevos, no vayas a una ciudad” .

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Mi primera reacción fue “esta piba es una pelotuda y no entiende mi amor por la danza”. Al principio me sentí un poco culpable por considerar la opción de hacerle caso. Pero, como me gusta salirme con la mía, apliqué a un centro de ski en Utah, si bien no era NYC, estaba a una hora en bus de una sede de Millenium Dance Complex, uno de los estudios de danza más conocidos de USA (sin saber que después tendría un romance con Josh, un instructor de Snowboard yankee que viviría a cuatro cuadras del estudio y me permitiría dormir en su casa e ir en auto al otro día al trabajo, dicho sea de paso). Podría entrenar casi a diario ahí y como tengo una concepción de la vida bastante romántica, lo bueno se haría esperar y como coronación de mi viaje y con la plata recaudada, no viajaría como todos hacían, destinaría mis ahorros a estar un mes entero en en NYC entrenando para volver JUSTO el día de mi cumpleaños. Redondo, un sueño.

Fue la primera GRAN decisión que, sin darme cuenta, me haría volverme cada vez más escéptica de las casualidades y desencadenaría esta búsqueda guiada simplemente por presentimientos. A partir de ahí, ya nada era casual y todo de tipo de situaciones bizarras se desencadenarían en mi vida, una tras otra, guiándome.

Como encontrarte con Kenny, uno de los actores de Grease, una de mis películas favoritas, manejando un Uber.

 

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O terminar grabando “Resto del mundo” con Iván de Pineda!

Recuerdo poner la plata arriba de la mesa, ver a Sol (la vendedora) y que me diga “va a ser una de las mejores experiencias de tu vida”, sonreír y pensar: lo estoy haciendo.

No casualmente, ese fin de año fue una locura mental de hacer click en muchas cosas (¡mi viaje ya había empezado!) y de que sucedan muchas cosas juntas también. Conocí nuevos profesores en la facu que me abrieron la cabeza como Belu Galiotti y me consiguieron laburos que me acercaron a lo que no sabía que me podía gustar tanto. Me mudé a capital para cuidarle el departamento a mi amiga Jime, luego a mi amigo Fran, y por primera vez uniendo conceptos, entendí lo productiva que podía ser viviendo sola. Primer gran error: no haberme mudado antes. Pude trabajar online, entrenar de noche, bailar más swing, salir a tomar una birra en la semana para discutir sobre la existencia de Dios (cosa que jamás había podido hacer por inseguridad, yo vivía a casi dos horas del centro), muy de virgen looser pero… ¡tener citas! Conocer gente de mucha plata, hacer amigos que vivían en la calle, abrirme a historias nuevas, y al fin, aceptarme como un imán de historias. Hice un viaje a Mendoza para una competencia de Hip Hop que me abrió la cabeza y me hizo conocer otras realidades, hice nuevos amigos, y posteriormente… gané una beca para estudiar en Juilliard School en NYC. Todo se fue acomodando.

Llegó el 7 de diciembre y me subí al avión con unas ansias que jamás en mi vida sentí. Primera vez que pisaba Ezeiza, mi primer avión. El olor al free shop, a perfume importado. Estaba sola, solo yo y mis objetivos, rumbo a quien sabe qué.

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La seguidilla de situaciones de mi experiencia en USA, serán para otros posts. Fueron tantas y de tanta transformación personal que no caben aquí. Desde amistades, charlas, idiomas, libros, experiencias subrealistas, deportes, musica, videntes, culturas, Couch Surfing, amores yankees, jefes, cada cosa que pasaba y cada persona que se me cruzaba, me hacía entender algo de mí misma, y abrirme a lo que pudiera suceder. No frenar ningún impulso.

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Así fue como el mismo ritmo del viaje me llevó a ser parte de una noche que me cambió la vida en un recital con personas que no me bancaba en Las Vegas, donde entendí muchas cosas sobre mi vida y me uní a una de mis actuales mejores amigas.

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En el medio pude volar unos días a Hawaii y casualmente me terminé quedando sola, descubriendo todo lo que era capaz de hacer, y ese día con esta vista y escuchando a Melody, otra viajera Española que hizo Couch Surfing en la misma casa que yo decirme “no importa que te hayas olvidado tu cámara, lo tienes todo aquí, tía.” señalándome la cabeza, decidí que no podía volver a la vida que llevaba.

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Entendí que solo estuve viendo la cobertura de chocolate de toda la torta, toda mi vida. Porque una cosa es entenderlo, y otra cosa es empatizar con el concepto, hacerlo propio. Las cosas sucedían acá afuera, no en mi barrio, en mi zona de confort. El mundo no era solo mi país. Cuantas mas personas conociera más podía aprender, mas me podía transofrmar, mas me podía acerca a la versión de mi misma que quiero ser, y que no sabía cual era, y mientras todos coqueteaban con la idea de volver, de extrañar a sus familias, de estar cansados de estar lejos… yo me sentía más cerca que nunca de mí. Y volver ni se me cruzaba por la cabeza.  Oh, no, esto recién empezaba. 

Cuando se lo comenté a uno de mis roomates (bastante problemático por cierto) en una de nuestras discusiones diarias, se encolerizó cuando le dije que no iba a volver. Que mi plan era comprar una mochila e irme a recorrer el mundo.

“Sos una eeestúpida Carooolina, es una pelotudez lo que queré hacer. ¿Qué te va a recooorrer el mundo con una mochilita? Hacelo, dale, seguí escapandote de los problemas y no madureees más, que así te va a ir. Sos una pendeja.”

(La repetición en las letras es por su acento cordobés)

¿Tenía razón?¿Me estaba escapando de los problemas gastando plata que podía usar para mudarme, recibirme, comprarme un auto y llegar más rápido a la facultad? Nunca un insulto me había pegado tan de cerca (aunque el nunca lo supo), y al mismo tiempo, me dieron unas ganas terribles de primero escupirlo, y después mostrarle que no se necesitaba más que un bolso de mano ni mucha plata para vivir. No iba a ser ni la primera ni la ultima persona con esa idea en la cabeza.

Pero primero estaba NYC. Y luego de mis meses de trabajo, de días de autismo, de sentirme sola, de pensar en renunciar e irme a Nueva York YA; lo bueno se hizo esperar y llegué a la ciudad de mis sueños con una expectativa tan pero tan alta que parecía una entrada triunfal al cielo. NYC me recibió con la puteada del señor del Uber porque no lo encontré en el aeropuerto, la mugre del piso, la gente enojada, el tráfico. A mí no me importaba, estaba donde siempre había querido estar… ¿no? Acá me iba a pasar algo.

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La realidad fue que solo pude amar NYC cinco meses después de dejarla. Solo ahí, la entendí. Mi cabeza no estuvo allí… porque estaba con otra persona. Me había enganchado con un pibe Argentino… que no conocía personalmente, todavía.

Pero la idea de volver a BA me aterraba. Solo de imaginar ese momento, temblaba. Estaba negada. Muy negada. No consideraba volver a mi ritmo de vida habitual. Lo que llevaba en BA no era una vida. Era la repetición sistemática de una máquina que solo es productiva para quien la maneja. Yo no soy así. Yo quiero manejar mi propia máquina. Había probado un pedacito de vivir de experiencias, y no de rutinas, no podía dejar eso, aunque no quería morir poniendo botas de ski en un resort. Estaba embobadísima con un flaco que jamás había visto en mi vida. Que había conocido azarosamente por Facebook. Del cual había escrito un libro traduciendo audios de Whatsapp. Una enferma. Si volvía, iba a ser para ponerle cara real a la fotito de la pantalla. SOLO para eso. Tenía que conocerlo. Volvería sin trabajo, sin un título, a la casa de mi mamá otra vez. Pero lo valía, esta situación de hablar cuatro meses por celular hasta tres horas diarias, ya no alcanzaba, y mi estado hippie de “hacé lo que sientas” me decía que tenía que volver.

Me falló el termostato porque al poner un pie en suelo Argentino y después de recibir un buen maltrato por la persona de la Aduana, no paré de llorar. Lo único que me hizo feliz fue el recibimiento de mi mejor amigo Matías que me hizo un cartel de bienvenida con barritas Kinder. Un pelotudo que banco a muerte y quiero tanto.

Con amigos así de creativos… #Kinder #cartel #ElSanto #EsteChicoNoEstaBien #MatiTeQueremos @matiascorradi

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Pero nada más. Volví a los precios altos, a pisar caca en la calle, a ver a mis amigas pretendiendo llevar una vida, a los ataques de pánico, al sin sentido que sufrí antes de viajar, y la vuelta romántica y tan artística planeada para el día de mi cumpleaños, me atrapó sola, llorando en una cafetería, sin querer ver a nadie, hablando por teléfono con Emi, quien casualmente me llamó y con quien nunca sentí tanta empatía como en ese momento; intercambiamos experiencias y me tranquilizó, proponiéndome ir a varias fiestas de Rock and Roll (el que sabe, sabe). Pero no importaba, todo lo valía, porque conocería a este chico.

Me encantaría decir que estoy de novia y todo tuvo un final feliz, pero no. En parte por mi obsesión por mi primer involucramiento amoroso, en parte por sus miedos, no funcionó, él desapareció, me borro y bloqueó de todos lados, yo frikié, todo quedó en la nada. Literalmente, me sentí morir. Nunca algo me había dolido tanto en el pecho, a la izquierda. En menos de un año, había experimentado dos de las decepciones más dolorosas de mi vida, antes y después de viajar. Depresión otra vez. Sin sentido otra vez. La única razón por la que me había vuelto, mi única certeza, había sido una ilusión.

Me había sobrado algo de plata, y en un mes se organizaba un festival de Lindy Hop mundial (Herrang Dance Camp) al que siempre había querido ir, pero nunca me animé. Una cosa es viajar a USA con una empresa, otra lanzarme a Europa sin ningún respaldo. Y yo todavía tenía la esperanza de que mi historia de amor funcionara, como lo había presentido. Solo Rosaura, una de mis actuales mejores amigas que conocí en USA entendía como me sentía. Lo que habíamos vivido allá, no era cosa menor. Y los que ya han viajado, podrán entendernos. Hicimos muchos planes y buscamos la posibilidad de encontrarle la vuelta a esta nueva vida que nos veía ahora transformadas. Me apoyó muchísimo en ese momento, y me impulsó a que me fuera. Que no me quedara por nadie, que no cambiara mi vida por nada, que hiciera lo que tenía que hacer. Y así lo hice.

Sin creerlo una vez más, y esta vez con solo 500€ que me habían sobrado en el bolsillo, estaba cumpliendo otro sueño en mi vida: ir a Herrang Dance Camp. Y a partir de acá, nada más me pareció imposible.

Viajando en micro para tomar un vuelo en Foz de Iguazú (porque no me alcanzaba para el vuelo directo)

Me reencontré con Martín, un viajero que lleva más de cinco años dando vueltas, y a quién conocí en una fiesta y fue mi primera inspiración no bloggera. Los próximos seis meses de viajes, fueron puramente instintivos, superar miedos A DIARIO, y aprender a los palazos, a viajar como mujer, sola. Imagínense al que le tiene miedo a las arañas, ver una sin entrar en pánico. Multipliquen eso, por día. Pedir trabajo, hacer dedo, dormir en la calle , bailar en la calle, no poder comunicarme en un país, eran todas cosas que me ATERRABAN. No me daban miedo, directamente ME PARALIZABAN, y solo las personas con las que hablaba todos los días por WhatsApp entienden mi transformación.

No te preocupes, el ser humano está entrenado biológicamente para la supervivencia, y una vez que empezás a viajar, te das cuenta que lo peor que te puede pasar es quedarte sin plata y tener que regresarte a tu país. Y ni la plata no desaparece de un día para el otro ni sos tonto, cuando ves que te vas quedando corto, vas programando cuando tendrías que volver (a menos que no quieras volverte, donde empezás, como yo, a hacer uso de tu creatividad).

No importa si un día no almorzás, con tal de visitar una ciudad nueva, porque una ciudad nueva es la posibilidad de conocer una persona nueva, lo que implica que alguien te aporte algo nuevo, y puedas descubrir algo más de vos.

Wohoooooo!

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Es como la búsqueda del tesoro. Por eso es que decimos que viajar es “encontrarse a uno mismo”. Simplemente la vida misma te va llevando, y no te queda otra que confiar… o volverte. Y créeme que aprender va a volverse una adicción a tal punto, que no vas a querer regresar hasta que así lo sientas. Por eso no fue un viaje planeado, simplemente surgieron cosas que se convertían en motivos para rebuscármelas y así extender cada vez más mi fecha de regreso: cuando estaba en USA, fue llegar a pisar NYC; cuando volví a BA fue llegar a Herrang Dance Camp en Suecia; cuando estaba en Suecia fue ver tocar al mismo grupo que me había cambiado la vida en Las Vegas, ahora en Amsterdam; cuando llegué a Amsterdam fue llegar a Georgia por tierra; cuando llegué a Asia fue pisar Centro América. Cada situación que atravieses, cada persona que te cruces, va a estar ahí para algo. Como dice Cortazar, “andabamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Siempre vas a ser esa señal que otro andaba necesitando.

Cuando plantas una semilla lindyhopper en una persona que vuelve a las pistas después de 25 años… ❤️

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Y así fue como di con la ultima persona más influyente de mi viaje, otro que marcó un antes y un después: Nacho, a quien conocí preguntando en un grupo de Facebook (parece que soy fanática de conocer gente por Facebook, eh) quien quería acompañarme a viajar por Croacia, ya que estaba cansada de viajar sola, no tenía más días por la VISA en Europa y nunca había viajado con alguien (historia flashera completa acá). Fueron en principio quince días que luego se transformaron en casi dos meses de viaje compartidos con un pibe con el que tuve una conexión muy especial y al que llegué a sentir mi hermano. Alguien con quien nos veíamos reflejados mutuamente, con quien a pesar de convivir 24hs raramente discutíamos y con quien literalmente, no recuerdo jamás haberme reído TANTO. Hacer Croacia se convirtió en Albania, Macedonia, Bulgaria, Turquía, Georgia, Rusia, cada vez nos íbamos más lejos, y aun así el lugar fuera una mierda, el día iba a ser perfecto porque estaba con él. Nos separamos antes de que yo iniciara mi nueva etapa aquí en Playa del Carmen, México, ya guiada 100% por intuiciones, y donde no paran de pasarme situaciones bizarras.

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Sí leíste hasta acá, es porque querés escucharme. Ahora quiero dejar de hablar de mí, y hablar de vos, mientras festejo mi #ViajAniversario, cumpliendo un año desde que salí de mi casa el 07/12/15, y nunca podría haber tomado mejor decisión en mi vida. Ya pasó un año desde que elegí vivir la vida que quiero, y no la que me toca. Desde que decidí autogestionarme mi propio éxito, y no esperar que llegue.

Solo puedo decirte que si todavía estás con dudas y no sabés que hacer, eso que más te da miedo, siempre va a ser la respuesta, aunque no salga como esperas, y conlleve un aprendizaje. Errar es parte del proceso, y es lo más lindo que te puede pasar. Seguro lo escuchaste muchas veces, seguro jamás le hiciste caso. Tenés que dejar de buscar las respuestas en el afuera, y empezar a buscarlas adentro. Si no sabes que significa esa hippeada, te invito a que viajes. Sería el consejo que me daría a mi misma a los 17. Recibite, sacate un pasaje a donde sea, y viajá. No tiene que ser a la otra parte del mundo, puede ser en tu propio país, con tus amigos, solo, con poca plata, pero viajá. Siempre podes reemplazar con unas galletitas de agua y mate. Si querés, podés. Apenas te escuches diciendo el primer “pero…” auto-callate, y buscá el cómo. Si no te dejan, hacelo igual. Nunca fui rebelde, pero ya no apoyo a los padres en esa decisión de proteger a sus hijos enseñándoles que la universidad es siempre la respuesta. El mundo no está dentro de esas cuatro paredes. Salí, llenate de ideas hasta que te obsesiones con una, y perseguila.  Encontrá eso que amas y deja que te mate, como diría Bukowski.

Solo imaginá por un segundo lo que se sentiría hacerlo y que funcione. Guiate por ese impulso.

Viajar cambió mis objetivos (¡ahora tengo objetivos!), mis preferencias musicales, mi concepción de la amistad, mis valores, mi religión. Me dio más seguridad, más contactos, menos miedos, más libertad, ¡ahora tomo alcohol! Soy más sociable. Me enseñó sobre programación, marketing online, yoga, fotografía, cerveza artesanal, Budismo, negocios, sexo, cocina, idiomas: aprendí turco, francés, perfeccioné aun más mi inglés. La búsqueda ya no es hacia afuera “tengo que ser más técnica, tengo que ser la mejor de mi carrera, tengo que ser millonaria y no sé como”, ahora priorizo estar conforme con lo que soy y con lo que me veo siendo, apunto hacia adentro y sé que cuando llegue el momento, y como aprendí en estos doce meses, la oportunidad de mostrar quien soy en su máximo exponente, va a llegar. Mi momento va a llegar. Mientras tanto disfruto del proceso porque la búsqueda es constante y se qué aún me quedan cosas por aprender. Lo emocionante es no saber cuando y dónde aparecerá la próxima pista. Todavía no creo estar escribiendo esto en un bar en la playa, frente al Mar Caribe. Levanto la vista y veo las palmeras, siento el olor a humedad entrando en mi nariz, y un Cubano me ofrece una limonada. Las “casualidades” me trajeron acá y la verdad todavía no sé que busco, solo se que cada vez… estoy más cerca.